viernes, 19 de junio de 2015

TARDE DE PESCA

Aquella tarde de final de verano decidimos ir a dar un paseo al río.
El sol está sobre la ladera de poniente. Dejamos el coche en la ermita. Abro el portón para que baje Blanquita. Enseguida se dirige hacia el río. El camino de bajada se divide en dos. Toma el de la izquierda, nosotros el de la derecha. Enseguida oímos el trote de la perra, nos alcanza, nos adelanta. Baja hacia el río olisqueando cada dos por tres, caminando a paso rápido con el rabo alto pero ligeramente inclinado a la izquierda. El camino transcurre entre espinosos piornos blancos, enebros y algún que otro pino joven.
La temperatura baja gradualmente a medida que descendemos y nos aproxímanos al cauce del río. Hay más de cinco grados de diferencia entre la llanura cerealista y el valle estrecho y profundo del Adaja. Nos asomamos al pozo abandonado, que antaño regara una huerta. Alguien ha arrojado troncos y ramas, tiene bastante agua. Oímos el reclamo estridente del torcecuellos procedente de un grupo cercano de sauces sargatillos y chopos jóvenes, enmarañados por zarzamoras, majuelos y saúcos. Le buscamos pero es invisible, no le vemos. Ana se agacha un instante. Coge una hoja aterciopelada, se la frota entre las manos. Me las pone en la nariz. Uhmm… Qué bien huele. Es menta.
Los pinos de la ladera del poniente comienzan a proyectar su sombra alargada sobre el valle a medida que el sol desciende. La pradera de ribera acaba en la ladera, sólo se puede pasar siguiendo la estrecha e inclinada vereda abierta, seguramente, por jabalíes y zorros, discurre paralela al río, al pie de las cuestas. Blanquita va delante, abriendo camino. Nos entretenemos en una zarzamora que ofrece sus frutos maduros y casi negros a todo aquel que quiera comerlos, ya sea persona, pájaro, roedor, garduña, tejón o zorro. Están en su punto jugosas y dulces. Ana decide llevar unas cuantas a David y María que se han quedado en casa. Para que las coman solas o con zumo de naranja y azúcar.
 Río adaja. Foto: Luis J. Martín
Abajo, el río se divide en dos dejando una isla en el centro. El brazo principal tiene corriente, el secundario es casi una charca. Debido a una crecida del río por las pasadas tormentas se ha llenado de agua pero ha quedado casi aislado del brazo principal. Un buen número de barbos de gran tamaño han quedado prisioneros en este cauce secundario a la espera del indulto que supondría una nueva crecida.  Nos quedamos un buen rato, estáticos, contemplando sus idas y venidas, algunas veces pasan en un banco de más de diez peces.
De pronto, una forma mucho mayor pasa rauda persiguiendo a los barbos, luego otra. Se impulsan con las patas traseras y contonean el cuerpo y la cola para dirigir sus rápidos movimientos tras los peces.
- Son nutrias –le digo a Ana al oído en un tono casi imperceptible-. Están pescando.
Miro hacia la perra. Silbo imitando al carbonero para no alterar la pesca de las nutrias. Pero no me hace caso está olisqueando un terrón de arena unos metros más adelante. En raras ocasiones las nutrias, especialmente si tienen cachorros, han atacado a perros pequeños en las aguas donde han establecido su territorio de cría. Pero no parece que blanquita se quiera acercar a la orilla. Pasa de las nutrias, entretenida con los efluvios campestres que tanto le gustan.
Ana y yo nos sentamos un buen rato en la vereda que transcurre por encima del cauce. La perra va y viene. Nos mira. No nos comprende ¿Por qué interrumpimos el paseo?
Las vemos pasar varias veces por aquel brazo de río sin corriente. Hasta que dejan de verse peces y nutrias. Permanecemos atentos. Se escucha un chapoteo sordo y el sonido de la fronda al ser agitada. Parece que han salido del agua. Miramos hacia la isla puestos en pie. La densa e intrincada vegetación de ribera nos impide ver lo que está pasando en la isla. Sólo los sonidos nos indican lo que sucede. Unos alegres gritos entre guturales y gruñidos nos revelan que pueden tener cachorros. Luego el inequívoco ruido que produce la carne cruda al ser masticada nos cuenta que el éxito en la pesca está siendo compartido con la familia, formada, seguramente, por la hembra adulta, alguna de sus hijas jóvenes y la camada de cachorros que serán ya casi tan grandes como los adultos. Los ruidos del banquete cesan. Esperamos un rato a ver qué pasa. No vuelven a pescar, deben haber tenido bastante. De todas formas los barbos han desaparecido.
Decidimos dar la vuelta. Silbo a blanquita para que nos adelante. Regresamos a la pradera del pozo. La ribera se abre y nos deja ver más cielo. Cerca del camino de subida reconocemos la silueta de un halcón. Vuela al acecho intentando detectar alguna presa. Cuando pasamos por un grupo de majuelos y escaramujos levantamos a un pito real, seguramente no haya visto a la rapaz porque, en lugar de refugiarse en la ribera, vuela ladera arriba. El halcón le detecta. Encoge las alas y hace un picado espectacular, en línea recta hacia donde se dirige el pito. Justo en el último instante el pájaro carpintero da un quiebro y logra escapar de las garras del halcón refugiándose en un cerrado grupo de enebros.
Llegamos al coche aparcado en la llanura cerealista junto a la ermita, contentos. Apenas dos horas de relajado paseo pero que han dado mucho de sí. Con los cinco sentidos, una vez más, hemos observado algo cotidiano en la naturaleza pero que pasa desapercibido para la mayoría de la gente. Ya he contado en otras ocasiones que son muchos los que me dicen que no les gusta nuestra tierra tan monótona y aburrida. Bueno, hay gustos para todo. Ellos se lo pierden.
Arévalo, a 24 de julio de 2014.

Luis José Martín García-Sancho

Publicado en número 63 de La Llanura de Arévalo, en agosto de 2014.


lunes, 15 de junio de 2015

A LA CUMBRE DE LA SERROTA.

El 14 de junio de 2014 subimos a La cumbre del montañón de La Serrota (2292m.) desde el barrio alto de Pradosegar, por la garganta de los Tejos.

- Carlos Tomás Rodriguez, como insuperable Guía.
- Julia, desde Ávila
- Y una perra que se unió a la marcha (respondía a Linda)
- Juan Carlos López Pascual, desde Arévalo.
- Chele desde Ávila.
- Chele y Carlos Saínz desde Arévalo.
- Y el que les cuenta la historia.
Comenzamos la subida a las 8:30 por la garganta de los Tejos. En el cielo claros y nubes.
Carlos Tomás nos dijo que había un 85% de posibilidades de que lloviera pero que sería a partir de las 2:00 pm. Bien, sin problema, ya estaríamos casi abajo a esa hora. La temperatura era agradable, algo fresca para el mes de junio pero se agradecía al ascender.
La vegetación aqui abajo, robles, temblones, escobas... 1290m

El paseo por esta primera pista agradable y sin apenas pendiente.
En la Foto Chele, Carlos Tomás y Julia.

Algunas ruinas de molinos hidraúlicos en la parte baja de la garganta de los Tejos.
Comienza la ascensión en serio. Todavía con sol.

Pero pronto el sol comienza a cubrirse.

Aunque abajo, en el valle de Amblés el día seguía soleado.

Hacia arriba las nubes acarician las cumbres.

Pequeño chozo en un abrigo rocoso.

Cruzamos el arroyo de los Tejos.
En uno de los trampales: Planta carnívora del género Drosera. La gotitas que tienen en los filamentos no son de lluvia es una especie de almíbar que atrae a los insectos, que se quedan pegados y las planta los digiere lentamente.

Las imponentes vacas de raza avileña negra ibérica nos miran extrañadas.

Otro rebaño continúa su ascenso a la cima.

Ya hemos dejado muy abajo el chozo sobre la garganta de los Tejos

 Acometemos el útimo tramo hasta la cima, atrás van  quedando los piornos, la garganta, el valle de Amblés.

Según nuestro guía, ya estamos a cinco hitos de cumbre.
Las nubes se encajonan y comienza a granizar. Son las doce menos cinco, parece que las previsiones de lluvia se adelantan. Aunque ya se sabe que en la alta montaña el tiempo cambia cuando quiere y no cuando a nosotros nos gustaría.

Con mal tiempo y sin visibilidad hacemos cumbre.
En la cumbre de La Serrota: Carlos, Chele, Julia, Carlos Tomás, Luis José, Juan Carlos y, posando en primer plano Linda.

El mal tiempo no deja disfrutar de la cumbre ni de sus vistas. Nos hemos perdido, entre otros espectáculos de la naturaleza, las cumbres de Gredos.
En el Chozo sobre el arroyo de los tejos la lluvia nos da una pausa.

Pero enseguida vuelve a llover.
 A pesar del mal tiempo el paisaje es espectacular, un rincón privilegiado de nuestra geografía.
Donde la flora, como estas orquídeas, y la fauna, entre la que vimos al pechiazul, son un disfrute para la vista el oído y el olfato, un regalo de la naturaleza.
A pesar del mal tiempo conseguimos alcanzar la cumbre, aunque lo cierto es que en sitios como este es donde realmente te das cuenta de lo insignificante que es el ser humano en la naturaleza en general y en la montaña en particular. 
Desde la Alhóndiga de Arévalo, Asociación de Cultura y Patrimonio, agradecemos a todos los asistentes su presencia y, de manera especial, a Carlos Tomás Rodríguez.
Una experiencia digna de recordar y difícil de olvidar.

Arévalo a 14 de junio de 2015
Texto y fotos Luis J. Martín.

Ascenso a La Serrora. Fotos de  Carlos Tomás rodríguez
De izquierda a derecha: Chele, Julia, Carlos, Carlos Tomás, Juan Carlos y Luis José.

viernes, 5 de junio de 2015

CORDEL REAL DE MERINAS



Rebaño de ovejas. Foto Luis J. Martín

Paco Mazas es un pastor con 100 ovejas merinas y dos carneros de gruesos cuernos enrollados. Quiere llevarlas hasta Béjar donde con su lana fabricarán los mejores paños del reino. De Olmedo irá a Arévalo, luego a Peñaranda, de allí a Alba de Tormes y, finalmente, a Béjar donde las esquilará, venderá su lana y así, con lo que saque, podrá pasar el verano en los verdes pastos de la sierra. Su abuelo ya lo hacía así, después fue su padre y ahora que su padre es un anciano le toca a él hacer la trashumancia.
Mustio con su carlanca y Holgazán, los mastines de Paco Mazas
Por compañía lleva tres perros, dos mastines desgarbados y la Perra Chica, lista como el hambre. El más viejo es el de los hierros, al que llama Mustio por la expresión de tristeza que siempre tiene en su cara, está armado con una carlanca para defenderse del ataque de los lobos. Y al más joven lo llama Holgazán por lo poco que le gusta correr y lo mucho que quiere descansar. La Perra Chica es cariñosa y muy obediente, sabe arrear al ganado y hacer volver a cualquier oveja descarriada al rebaño. Si los mastines son su defensa, la Perra Chica es su ayudante y su compañera de camino. Habla mucho con ella y la perra se le queda mirando con una chispa en los ojos que parece que le entiende. En aquellas largas conversaciones suele decirla:

- Ay Perra Chica, qué lista eres, si solo te falta hablar. Ya quisieran tener tu intelecto algunos burros de dos patas que yo me sé.
Perra Chica, la perra de Paco Mazas.
Lleva quince ovejas preñadas, seguramente parirán en la Alberguería, donde quiere pasar la noche al resguardo de lobos y bandoleros. A los lobos no les tiene tanto miedo pues sabe que sus mastines les harán frente antes incluso de que se acerquen al rebaño. Aunque parecen unos animales vagos y sin interés por nada, cuando huelen al lobo cerca se transforman, se les eriza el pelo del dorso y comienzan a aullar como poseídos con ese ladrido ronco y grave que atemoriza al animal más valiente. Pero a Paco Mazas lo que le asusta realmente son los bandoleros que en la oscuridad de la noche pueden ganarse la confianza de los perros y asaltarle para robarle o matarle. Como comprenderéis, ni una cosa ni otra le hacen gracia, ha oído historias terribles de ladrones que, escondidos en los pinares de Ataquines, Montejo o en el río Adaja, esperan a los pobres pastores que van o vienen por el cordel real de merinas para robarlos sin ninguna consideración ni piedad, aunque para ello tengan que darlos muerte.

Va pensando en que, si tiene suerte, al atardecer parirán las ovejas preñadas en la Alberguería. Luego, por la mañana, venderá los corderos machos en algún figón de Arévalo o, si no, dos días después en Peñaranda y se quedará con las hembras para que le den buena lana. De momento no necesita más carneros, los dos que tiene hacen bien su trabajo.  Con el dinero que saque de la venta de los corderos se comprará un borrico con sus albardas y alforjas para que le ayude a transportar sus escasos víveres y le alivie del sobrepeso de su repleto zurrón.
Borrico con albardas
 
Pero nada más pasar el molino Matienzo, una de las ovejas preñadas, la zanca, se pone a parir.

- Bueno nos retrasará algo –dice Mazas a la Perra Chica- Pero mientras no se pongan de parto las demás podremos llegar a la Alberguería con luz.

Deja que la madre lama al cordero un rato y lo echa al zurrón para aligerar el paso. Pero el resto de las ovejas preñadas parecen contagiarse por el parto de su compañera pues una tras otra comienzan a parir.

- ¡Hijas de 30 carneros! –las grita Paco Mazas muy enojado- Pues, ¿no os ponéis a parir todas al mismo tiempo?, ¿no podéis esperaros a que lleguemos a la Alberguería? ¡Hala, y encima la parda, mellizos! ¡Así estaba de gorda la hideputa!

El pobre pastor no da abasto a recoger tanto cordero. Ya no le caben en el zurrón. Tiene que atarlos por las patas traseras y llevarlos colgados a la espalda. Para avanzar más deprisa.

- Parecéis quince demonios que se vuelven contra mí –sigue gritando Paco-. Vais a conseguir que se haga de noche antes de llegar a la Alberguería. Vamos a tener que dormir al raso. Solo faltaría que nos estuviese viendo alguna banda de ladrones escondida entre los pinos.  Me vais a matar a disgustos.
Las qunce ovejas preñadas se ponen de parto
 
Pero, como temía el pastor, tanto parto lo han entretenido mucho y cae la noche antes de llegar al aprisco de la Alberguería. Una luna casi llena se levanta por el horizonte proyectando su sombra hacia atrás. De pronto los mastines comienzan a ladrar y salen corriendo perdiéndose en la oscuridad. Paco ve de reojo una sombra moviéndose entre dos pinos. Los pelos se le ponen de punta y, sin atreverse a mirar hacia atrás, intenta tranquilizarse y reunir fuerzas para continuar pero escucha chirriar algo a su espalda, es el mismo ruido que hace su navaja cuando la abre para partir el pan y el trozo de queso. El estómago le da un vuelco, se queda paralizado. Comienza a temblar de miedo.

- See…señor bandolero, tenga piedad de mí –logra decir por fin-. Soy un pobre pastor, solo poseo lo que ve, mis ovejas y mis perros. No tengo dineros ni joyas con que poder obsequiarle.

De nuevo se oye el chirriar como el de su navaja. Paco Mazas se siente morir, las piernas le flaquean.

- Señor don bandolero –logra decir el pastor nuevamente-, apiádese de mí, tengo mujer que lleva un hijo mío en su vientre al que quisiera conocer. Llévese las ovejas si así lo desea pero, por favor, no me haga daño. No deje a mi hijo huérfano antes de nacer.

El chirriar de la navaja continúa.

- Excelentísimo señor don bandolero –continúa suplicando el pastor llorando y poniéndose de rodillas-, llévese también a los corderos recién nacidos, en Arévalo los pagan bien, y también a los mastines, son grandes y fuertes y podrán defenderle de otros… bandoleros. Por favor, se lo ruego, déjeme solo a la Perra Chica la quiero como a mi vida.

Deja caer a los corderos que llevaba a la espalda y abre los brazos implorante, sin atreverse a volver el rostro. La sombra se aproxima, se para tras él y… le lame la mano derecha. Paco Mazas se queda atónito sintiendo el cosquilleo en su mano. Entonces gira levemente la cabeza y ve a la Perra Chica que le lame la mano mientras le mira sin comprender nada.

Mira hacia los árboles cercanos, nada. Ni rastro de bandoleros. Tan sólo una rama partida que chirría al ser mecida por el viento. El pastor se pone de pie mirando hacia atrás y comprueba como su sombra se proyecta en los pinos cercanos cuando se mueve dando la impresión de que alguien se esconde entre los árboles pero solo es su sombra reflejada. Se ríe a carcajadas de sí mismo mientras escucha volver a los mastines.

Silba para que la Perra Chica ponga en marcha al rebaño. Al poco tiempo las luces de la Alberguería comienzan a distinguirse en la lejanía, sonríe nuevamente y comprende que el miedo es mal compañero de camino. Sus planes siguen intactos, mañana mismo intentará vender los diez corderos machos en Arévalo y comprarse un borrico con sus albardas y alforjas.
En junio estará en Béjar.

En Arévalo, a treinta de mayo de 2015.

Luis José Martín García-Sancho
Cordel Real de Merinas de Arévalo al puente Rumel. Foto Luis J. Martín
Relato dedicado a las alumnas y alumnos del C.R.A. LLano Alto de Ataquines.

miércoles, 3 de junio de 2015

DE AQUÍ, NO DE ALLÍ


foto: Luis J. Martín
 

Soy de aquí, no soy de allí

donde han abierto la ventana

para orear la apestosa sala

pero esa estancia no está aquí.

Soy de aquí, no soy de allí

donde cambiarán las cosas

de políticas, de personas,

la corrupción toca a su fin.

De aquí soy, no de allí

donde españoles deciden

y privilegios prohíben

de gente avariciosa y ruin.

Pero eso pasa allí… yo soy de aquí.

 

En Arévalo a veintisiete de mayo de 2015

Luis J. Martín.